Y en ese momento el tiempo se congeló. Él le hablaba, pero ella no escuchaba a nadie, sus pensamientos volaban muy lejos de aquella terraza. No podía mirar a nada, no podía mirarlo a él, todo le recordaba... todo. Todos esos días de risas contagiosas, cuando se conocieron... tonterías al fin y al cabo, pero claro, tonterías que había hecho que fuese el mejor verano de su vida. Él se dio cuenta, sabía lo que le pasaba, hoy era la última página de aquella historia que escribieron juntos. Se levantó y le dijo: sonríe, no quiero olvidar nunca esa sonrisa de la que me enamoré. Ella sonrió, y a la vez se le escapó una lágrima. Se unieron en un abrazo durante bastante tiempo, no querían separarse, él no quería irse, ella no quería quedarse.
Pasó un tiempo, bastante largo como para tratarse de un abrazo, pero para aquellos dos protagonistas tan solo pasaron escasos segundos que los sentenciarían a la cruel distancia. Se miraron fijamente a los ojos, y tan solo veían su propio reflejo, él le sonrió, ella lo imitó, se despidieron con un beso y sus manos se despegaron, quedándose con sus dueños, cosa que no hicieron sus corazones, que volaron al encuentro del otro.
Él bajando sus escaleras, y perdiéndose en la oscuridad de la noche, esa fue la última vez que la muchacha lo vió, después, entró en su cuarto, se metió en la cama tal y como estaba, sin fuerzas para ponerse el pijama ni quitarse el maquillaje que se había corrido con el paso de sus lágrimas. Solo estaba ella, su habitación y sus recuerdos.

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