Esnifar tu cuello, fumar en tu boca, inyectarme en vena, todos nuestros problemas, beberme tu sonrisa, hacerlo en cada esquina, y es que lo confieso, me hiciste drogadicta.
Jugar con tu pelo hasta el mediodía, y entonces mordernos, pues nos falta la comida. Ir despacio para que no se acabe, sin que nadie nos vea, camellos de la calle. Dándonos amor, droga tan poderosa, peligrosa para el corazón, a veces lo daña, otras lo fortifica, pero he de confesar, que me hiciste drogadicta.
El color de tus ojos, mezclado con el de tus pupilas, esas que me miran en todo momento, penetrándome el alma para así traspasar al más fuerte de mis pensamientos: tú. Tú y ese frío que eriza mi piel, un breve pero intenso escalofrío que recorre mi columna hasta hacerme recordar que sigo atada a ti, y que lo voy a estar, porque no hay centro de desintoxicación mejor que encontrar tu corazón a pocos centímetros del mío, jurándose amor, y sellándolo con tu aliento empañando mi voz, que con un leve suspiro, intenta describir la perfección de tal vicio inconfesable.
Por tu culpa sí, ahora tengo mono de ti, por tu culpa, mi heroína, me hiciste drogadicta.
Por tu culpa sí, ahora tengo mono de ti, por tu culpa, mi heroína, me hiciste drogadicta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario