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jueves, 22 de agosto de 2013

El frío de septiembre.

Y como cualquier otro año, vuelve septiembre, cerrando un capítulo de nuestras vidas, para dar paso a otro, mejor, peor, o quizás igual. Pasa el tiempo y se acaba el verano, te haces cargo de la situación, sabes que pronto volverá esa monótona rutina de la que ansias escapar, pero te absorbe.
Septiembre, brisa que eriza tu piel con un frío que creías olvidado, acostumbrado ya a las noches interminables de risas y locuras que te aporta el verano.
Para algunos, es el frío de una despedida, tan rápida y tan dolorosa, tan poco creíble para quien la vive. . . un frío que te congela el alma y hace que te cueste respirar, dando paso a un duro invierno de suspiros y colores tristes.
Para otros, es el frío que alivia, un reencuentro, que inesperadamente abra una puerta, y sea el comienzo de algo que esté por llegar. Dicen que cuando una puerta se cierra, otra se abre, y no sé si estoy totalmente de acuerdo, de hecho septiembre y su frío quiebran mis huesos y palabras, para entristecer al más fuerte de mis sentimientos.
Ese frío de septiembre, que elimina todo el calor que trae consigo el verano. Pero ese frío  de septiembre. . . es igual que mi persona. Al menos eso dicen, dicen que soy fría, olvidando que el hielo quema tanto como el propio fuego.

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