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lunes, 1 de julio de 2013

El tiempo pasa, y las personas se van.


Paseas por tu habitación, y en ella solo hay recuerdos, sales a la calle, y hay más aún. No quieres derrumbarte, pues estás acostumbrada a protegerte bajo una coraza que no deja ver al mundo tus sentimientos, pero ahora te da igual, no tienes fuerzas para esconderte, y en lo único que piensas es en tener al menos cinco minutos con esa persona que sabes no volverás a ver.

Y en un inesperado segundo la vida da un giro por completo, las palabras que intentas asimilar son tan dolorosas que te ves incapaz. Entonces te das cuenta de que de ahora en adelante cambiarán muchas cosas, te haces cargo de la situación.
Te da rabia, una impotencia inmensa se apodera de tu cuerpo, y no haces nada por evitarlo. Te culpas de muchas cosas, que nunca estuvieron en tu mano, y te sientes mal, desprotegido, porque sabes que esa persona siempre estuvo ahí, aunque no se lo pediste, y ahora, se ha ido. No te lo puedes creer, tu sistema nervioso se esfuerza por hacerte pensar que no ha pasado, que simplemente ha sido un mal sueño del que un día te levantas, y todo es igual. Pero no,  tú sabes que no es cierto, y que a partir de ahora todo será diferente, todo será peor. Te esfuerzas en hablar con él, en decirle todo lo que quisiste, pero que en su día no pudiste, no tuviste valor. Aunque en lo más profundo de tu corazón sabes que es inútil, que estás hablando sola.
Dicen que todo tiene solución menos la muerte, para aliviar nuestros problemas. Lo malo está cuando nuestros problemas tienen que ver con ella, entonces sentimos que una parte de nosotros se va, y nos deja solos, en un mundo, que por desgracia, es más cruel que hasta la injusta muerte.

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